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Otra vez Antígona


                                                                                                             

No podemos dejar de oírla... 
María Zambrano


Nos han repetido bastante que vivimos en un tiempo en el que ya todo se ha dicho. Pero para apoyar esa afirmación, tendría que decirse que el tiempo es sólo uno y que va avanzando siempre hacia adelante, cuando también es posible decir que hay múltiples temporalidades, todas ellas distintas, y que no se trata tanto de estandarizar épocas en una línea del tiempo, como de entender que vivimos dentro de culturas que construyen imaginarios y formas de ver el mundo propios en diversos momentos, y que el transcurso de las horas, de los años y los días forma círculos, regresa al mismo punto y luego se dispara.

Siguiendo el hilo de este cuestionamiento, también sería viable pensar que los conceptos y las ideas funcionan siempre que estén dentro de un contexto particular. Eso sería casi como negar que hay símbolos que existen desde hace miles de años y que todavía hoy tienen para nosotros el mismo significado, como sucede, por ejemplo, con las figuras mitológicas femeninas, y más específicamente, con las mujeres de la mitología griega, que han seguido apareciendo durante siglos en el arte y en la literatura.

Pero, ¿realmente los significados que encierran estas diosas y heroínas hoy son exactamente idénticos a los de antes? Me gustaría tomar como ejemplo a una de estas mujeres y reflexionar un poco con respecto a qué podría simbolizar en esta época que, como ya he dicho, parece estar limitada a continuar repitiendo los discursos del pasado.

Se trata Antígona, que no es diosa sino heroína, y que en la mitología es hija de Edipo, rey de Tebas, quien debe salir de su ciudad al destierro, porque se da cuenta de que cometió la terrible falta de matar a un hombre y casarse con una mujer que resultaron ser su padre y su madre. Antígona permanece en su ciudad y presencia la subida al poder de un tirano que enfrenta a muerte a sus hermanos. El cadáver de su hermano Polinice, quien se había puesto en contra del nuevo rey, no puede ser sepultado en castigo a la desobediencia de la que había dado muestra, lo cual significaba que su alma no podría nunca descansar. Antígona entonces, desafiando las leyes, lo entierra por la noche y en silencio, y al día siguiente es llevada ante los tribunales, juzgada y condenada a muerte. El sacrificio de Antígona tiene que ver sobre todo con mantenerse fiel a las leyes divinas aunque éstas contradigan las leyes humanas.

Muchísimos años después de que Eurípides colocara a Antígona como protagonista de una de sus obras, otra mujer, esta real y no mitológica, y ya no griega sino hispana, escribió también sobre la misma heroína. Era una escritora que había tenido que salir de su país al término de una guerra terrible que había enfrentado a hermanos con hermanos y cuyo final había dado paso, curiosamente, a la subida al poder de un dictador, de un tirano. En el exilio, esta mujer, que se llamaba María Zambrano y que fue una de las más importantes filósofas del siglo XX, recordó que también Antígona había pasado por una situación similar, rechazada por la gente de su tierra y obligada a rebelarse ante el autoritarismo. Entonces pensó que la muerte de Antígona tenía más que ver con lo que sucede en el mundo de los vivos que son mortales, que con el de los dioses, que son finalmente inmortales.

En primer lugar, Antígona puede encarnar un ideal político en el que la dignidad y la democracia son los puntos centrales, pero también simboliza la resistencia ante la imposición de una forma única de pensar y de entender las cosas. Antígona queda finalmente dentro de su tumba, pero la tumba para María Zambrano no sólo es el espacio del enterramiento, sino un espacio intermedio, el de la transición y también el de la liberación del dominio irracional y de la violencia. De esta forma, la figura femenina se desliga de su significado inicial y pasa a hablarnos de una actualidad específica y distinta.

Si bien ni el texto de María Zambrano, ni la guerra civil española, que fue la que la empujó al exilio, están ya tan cercanos a nuestra época, el personaje de Antígona y la interpretación que acabo de presentar vuelven, en esta circularidad en la que nos encontramos, y entonces tenemos en alguna ciudad mexicana a una Antígona que no puede escapar a las dinámicas de terror y machismo que encuentra todos los días en su entorno social. Así lo quisimos representarlo un colectivo de mujeres hace un par de años en la conmemoración del 8 de marzo. Esa noche, en la azotea de un café del centro de la ciudad, la luz de las velas iluminó de nuevo a nuestra heroína y la historia fue contada de nuevo. El símbolo volvió a aparecer pero su contenido se había transformado: ahora estaban allí todas las mujeres de nuestro México también herido, también sangrante y a través de sus palabras supimos que podemos seguir buscando siempre, como ella, la libertad para pensar diferente y para construir otros mundos con nuevos significados.

 


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