Para las mujeres chinas de mi familia,
en especial para las que no supieron qué hacer con sus rizos
y por eso los alisaron o los escondieron. Porque de ellas vengo.
Dicen que en mi familia paterna hubo alguna vez mulatos. No estoy segura de en qué momento lo supe; debió mencionarlo mi papá, aunque sin dar detalles. Tengo que preguntarle de nuevo; últimamente pienso que tengo muchas cosas que preguntarle a él, a mi mamá, a mi abuela, aunque lo he ido aplazando. Recuerdo esto porque tiene que ver con lo que ahora importa: mi cabello. De ahí mi cabello, comprendí, muy negro y grueso, parecido al de mi papá y al de mis hermanos.
En mis fotos de niña es siempre un cabello esponjado. Era el final de los ochenta y el inicio de los noventa, así que mi cabello se amoldaba naturalmente a la moda. El problema comenzó cuando fui creciendo: cuando entré a la primaria comencé a compararlo con el de las otras niñas, tan liso, sin frizz, cayendo sobre sus hombros de una manera que me parecía bellísima. Es curioso porque ese cambio de percepción se nota también en las fotos. Hasta los seis años, más o menos, mi cabello, esponjado y todo, se acomoda felizmente, se hermana a mi sonrisa que no espera nada; pero después las fotos empiezan a mostrar un peinado forzado que tal vez tiene algo que ver con mi cara de seriedad, de empezar a entrar al mundo y entender cómo funciona.
Esa niña seria, un tanto tímida que yo era, no amaba el cabello con el que había nacido, no le gustaban los peinados que su mamá le hacía ni le gustaba usar esos moños enormes que a sus amigas les fascinaban. Esa niña no se identificaba con la mata que tenía en la cabeza, así como no se identificaba con los zapatos que le compraban ni con la forma en que le quedaba el uniforme del colegio.
Tardarían todavía en llegar las imágenes bellas: el azabache, la noche negra, las mujeres de los cuentos orientales, la inteligencia de Sherezade. Porque luego, en la adolescencia, las cosas fueron peor: no había manera de que mi cabello se acomodara a nada, ningún corte, ningún producto, ningún truco. Y yo no era de esas chicas que sabían arreglarse y gustarle a los hombres, aunque en el fondo aspiraba a ello, a verme bien y a tener un estilo propio, como el de algunas de mis compañeras. Pero mi cabello no cooperaba. Siempre me percibí, a través de la mirada externa, como algo desaliñada. Intenté con el gel, con el mousse y cada que iba a un salón de belleza, me encontraba con un nuevo consejo, pero cuando intentaba ponerlo en práctica, no funcionaba.
Todo tiene que ver con el volumen, con la densidad. ¡Cuánto cabello tienes! ¿Eso es bueno o malo? Te recomiendo esto para que no se te esponje. Porque esa era la meta, eso era a lo que había que aspirar, a domesticarlo, a que no se saliera de la regla, a no verme sucia o descuidada.
Fue hasta mucho tiempo después que comencé a escuchar sobre los discursos racistas de belleza y la tiranía de alisar los cabellos afro. Pero antes estuvo la universidad, y allí, para mi fortuna, estudié humanidades junto a más gente greñuda. Lo importante era vernos distintos. Entonces fue cuando comencé a dejarlo suelto. Claro que continuaba oscilando entre el amor y el odio: también por esos años intenté un alaciado permanente que sólo resultó a medias y por mucho menos tiempo del prometido por la estilista. ¡Cuántos químicos y calor debí ponerme en la cabeza!
Supongo que fue al final de mis veinte, cuando por primera vez escuché a otras mujeres hablar de sus rizos en relación con su historia, que decidí iniciar una reconciliación más profunda. La cuestión es que mi cabello tampoco parecía ser lo suficientemente rizado, era como un estar siempre a la mitad de todo, y ni cómo abjurar de esa mata enorme, indomable. Lo que quedaba era el degrafilado o mantenerlo recogido, no permitir que rebasara los límites permitidos. Había días increíbles, de verdad, pero para mi desgracia eran los días en que no iba a salir o a ver a nadie.
Sin embargo el negro, eso fue lo que nunca me molestó. Creo que esa es la razón de que nunca lo haya pintado. Tinta china, oveja negra, abismo, oscuridad.
Apenas, al final de mis treinta, comienzo a sentir que doy en el clavo con el chinero. Muy recientemente he estado aprendiendo otras formas de cuidar mi cabello, he logrado amarlo de otras maneras, en su modo de ser único. Ahora pienso que sí, que pueden envidiarme porque es tan grueso y tan abundante, porque es la herencia de mis antecesores mulatos de Rincón de Romos, que tal vez trabajaron en la mina, tal vez trabajaron muchísimo, y no sé quiénes fueron y quisiera buscar su historia. Ellos me dejaron este cabello rizado de borrego que la manía hidrocálida de blanquear todo no ha podido, o al menos no por completo, ocupar.
Comentarios
Publicar un comentario