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Colonialidad y reforma educativa. Notas sobre el caso mexicano



La escuela está hecha para hacernos ser, para construir nuestra presencia en el mundo, nuestro “ser sujetos” en el sentido más foucaultiano del término. En ella aprendemos y ejercemos las relaciones de poder, en ella entendemos el lugar que debemos guardar y gracias a ella la disciplina no sólo atraviesa nuestra experiencia vital: puesto que los mecanismos disciplinarios suelen estar en el centro de las concepciones de la educación, desde las más tradicionales hasta las más “innovadoras”, la interiorizamos y  así somos capaces tanto de soportar las sujeciones como de imponerlas, depende, decimos, del lugar que nos toque en la vida, o del eslabón de la cadena en que estemos colocados, siempre por supuesto, pensando en escalar.

Me estoy refiriendo por supuesto a la educación que imparten nuestros sistemas económicos y políticos, misma que contiene en sí diversas formas, pero cuyo origen moderno, lo sabemos, se encuentra tanto en la marginación de las diferencias (la locura, la disidencia), como en las formas de producción que exigen formaciones y perfiles específicos, y en los proyectos ilustrados que pronunciaron ya hace más de tres siglos su confianza en el conocimiento occidental como fórmula para llegar a la felicidad, felicidad que por supuesto fue siempre privilegio eurocéntrico, no de la periferia.

En el caso latinoamericano, la educación escolar, además de toparse de frente con el problema económico derivado de la historia de colonización del continente, se ha visto condicionada por la colonialidad, dominación cultural que se expresa en los ámbitos que el sociólogo Aníbal Quijano ha señalado: el trabajo, el sexo, la subjetividad/intersubjetividad, la autoridad colectiva y la naturaleza.

Más que hacer en este momento un recorrido por mi experiencia individual, para contar cómo la dominación se presentaba en cada uno de estos ámbitos durante mi paso por la escuela formal, me gustaría traer a cuento al menos un ejemplo de cómo precisamente esta colonialidad, desde mi perspectiva, marca el presente y el rumbo de la educación pública de mi país en la época actual. En esta ocasión, tomaré solamente los ámbitos del trabajo y la naturaleza, lo cual no significa que la dominación no se encuentre presente en los tres ámbitos restantes, y de hecho de manera profunda, como lo demuestra, en el ámbito del sexo, el alto índice de feminicidios en el territorio nacional.

En primer lugar, desde el espacio del trabajo y la producción, que tienen que ver por supuesto con la esfera de lo material y por lo tanto con la explotación humana y el mantenimiento de la desigualdad social, debe señalarse que el sistema educativo mexicano atraviesa por una reforma cuyo eje aparente es el modelo de competencias, que los países europeos utilizaron en los años noventa y dos mil, bajo la premisa del estado de bienestar, y que pretende que los estudiantes adquieran habilidades que les permitan ser “competentes” en el mundo globalizado y en las “sociedades del conocimiento” en cuyas dinámicas  éstos participaban. Desde este punto de vista, el modelo por competencias, que introducía a la escuela un paradigma basado en las teorías constructivistas y en la lógica de la efectividad, resulta idóneo, al parecer, para economías pujantes y en desarrollo, pero se topa con pared en contextos en los cuales las condiciones históricas y culturales deben en primer término luchar por disolver las grandes brechas que hay entre pobres y ricos, y donde la desigualdad da pie a conflictos que incluso desembocan en una gran violencia social como es el caso del narcotráfico y el crimen organizado mexicano. Por otro lado, si subvertimos mínimamente esta lógica de la efectividad bajo la cual funciona el modelo, podremos fácilmente caer en la cuenta de que la propuesta va encaminada hacia la misma trampa de antaño: los países ricos pueden entonces educar a sus niños y a sus jóvenes para dar continuidad a las relaciones de poder ya existentes y para entablar nuevas relaciones en el panorama internacional, mientras que los países “subdesarrollados”, “en vías de desarrollo” o cualquier otro término eufemístico con el que se quiera nombrarles, forman básicamente técnicos dispuestos a ser parte de dicha continuidad, y lo hacen suprimiendo hasta donde le sea posible las formas de educación que Freire llamaría “dialógicas”, esto es, el pensamiento crítico que apoyan las artes, las humanidades y las ciencias sociales. Esto es cuanto más cierto en las últimamente tan constantes modificaciones de los planes de estudio, que se hacen más notables en las instituciones que destacaba por la formación humanista que impartían, y también en el cada vez más reducido presupuesto que se asigna a las facultades universitarias.

Esto nos lleva directamente al segundo ámbito, que es el de la naturaleza y el de la dominación de los recursos. Aquí consideremos que en el mismo “paquete de reformas” del que proviene la educativa, se encuentra por ejemplo una reforma energética que promueve abiertamente los intereses transnacionales, y que, simplificando, prepara el escenario para la entrega de los recursos naturales de la nación a esos mismo intereses. Esto, aunado a un sistema político corrupto, que busca perpetuar la misma corrupción y no, como dice ante los medios de comunicación, “combatirla”, pues es esta sostiene sus posibilidades de quedarse con una tajada del pastel –lo que conecta directamente el problema con el ámbito de la autoridad colectiva y de su crisis-, ha dado pie al desarrollo de resistencias y de luchas por el territorio del norte al sur: la lucha por el agua, la lucha por la defensa de los territorios sagrados y contra la minería a cielo abierto, por mencionar solamente algunas, encabezadas la mayoría de ellas por los pueblos originarios o por los campesinos. Esto me parece que nos habla muy claramente de cómo la educación oficial no ha contribuido a que la sociedad civil, vamos a decir mestiza y urbana aunque sea un tanto generalizante, que a su vez carga los prejuicios racistas de esta colonialidad que vivimos, no se acerque, o se acerque muy poco, y sólo sectorialmente se sume a este tipo de luchas, y sí contribuye, por el contrario, a sostener la mentalidad del beneficio individual y la fantasía de una supuesta clase media que compra coche y casa, aunque los deba de por vida, pero que no quiere darse cuenta de que su alrededor todo empieza a quedarse en ruinas. De la misma forma, creo que esto plantea un cuestionamiento sobre la importancia de los proyectos educativos autónomos que estos mismos pueblos han echado a andar ya recientemente o ya hace más tiempo, y de ahí a cuestionarnos y a organizarnos para generar propuestas educativas que hagan frente a este panorama tan avasallante, tan inmovilizador, a veces tan incomprensible.

Sin embargo, no me parece que sea desde las propuestas que se quedan en lo personal, sino desde el diálogo colectivo entre educadores y académicos de donde debe surgir la inquietud de ensanchar y llenar los canales de crítica y de comunicación. Aquí, por lo pronto, queda uno abierto.

Comentarios

  1. Gracias por ayudarnos a entender la sustancia de las reformas supuestamente pensadas para modernizar al país. El gobierno así como gran parte de la población tienen una concepción erronea de "lo moderno", que está poniendo en riesgo la esencia de los múltiples pueblos mexicanos.

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